Parece que hoy día ser romántico es ser cursi, pedante, ñoño, hasta parece que da vergüenza reconocer si alguien lo es. Ya no veo al cartero entregar cartas de amor, que seguro llegan, pero si el romanticismo es como yo pienso que es, demostrar a través de actos cariñosos o de ternura algo a alguien, todavía hoy en día, de diferente manera, existe el romanticismo.
Hace unos días, esperaba en la cola de una hamburguesería para comer algo sola rápidamente, y delante mio, había una pareja de unos 13 años de edad desprendiendo aires de primer amor, recordándome aquellos maravillosos años de pequeña adolescencia, y haciendo lo que no me gustaba me hicieran a mi, me senté en una mesa cercana y mientras me comía, “colgada” mi hamburguesa, me quedé estudiando su comportamiento, osea, coloquialmente hablando, “cotilleando”. Y me gustó hacerlo porque entre bocado y bocado, nerviosa, a ella se le cayeron las patatas llenas de tomate, y él, jovencito de 13 años, le limpió y con cariño le cedió sus patatas. Le miré, me salió la sonrisa y pensé, “mira éste qué romántico”.
Una mañana de navidades, mientras mi padre pinta un cuadro escuchando en alto volumen sus discos de música clásica, voy pensando un libro para pedir este año de regalo y la verdad, me apetece un libro romántico. Hay épocas en las que tienes ganas de leer algo así y otras que no los quieres ni ver, y ahora, en invierno, cuando me encierro invernando calentita en casa al olor de las castañas, me apetece leer al italiano Federico Moccia y sus obras “A tres metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti”. Ambas, historias de jóvenes muy diferentes que se aman locamente, y eso es lo bonito de la vida, las cosas inesperadas y las locuras pasionales, así que querido Baltasar
ya sabes, si me estás leyendo estos días… te voy dando pistas.
Mientras tanto, me quedo escuchando esta maravilla de obra para no perder nunca el romanticismo, porque yo, queridos lectores, soy una eterna romántica
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